Ruta: por el corazón de la montaña palentina

Palencia es una tierra de contrastes, que nos transporta en unos pocos kilómetros del mar de cereal castellano a las cumbres montañosas del norte. Es una tierra, además, que oculta y alberga multitud de pequeños tesoros para quien esté dispuesto a perderse en ella y encontrarlos; desde magníficas piezas de arte románico a paisajes de cuento, pasando por carreteras reviradas con buen firme y rematando con los placeres de su gastronomía. No suena mal, ¿verdad?


Con esa firme promesa de descubrimiento, convencí a unos cuantos valientes a través de RoadStr, para irnos de ruta y poder dar carpetazo a este 2020, que tan difícil nos ha puesto disfrutar del placer de conducir (entre otras muchas cosas). Alrededor de 100 kilómetros enlazando curvas por la montaña palentina, desafiando al mal tiempo y compartiendo la misma pasión.


Antes de nada, permitidme que os presente a mi compañero para la ocasión: un BMW Z3 2.8 de 1999. Dejando un poco de lado la historia del modelo -que cumple 25 años desde su lanzamiento, en este 2021-, y que bien merece otra entrada, en la parte técnica nos encontramos con un bloque de 2.8 litros de cubicaje, "erogando" 193 caballos y 280 Nm de par motor para esta versión facelift.


Un peso contenido, el sonido del seis cilindros en línea y 193cv a las ruedas traseras (con la posibilidad de disfrutarlos a cielo abierto), son los argumentos de este Z3 2.8
Como curiosidad, el BMW Z3 con carrocería restyling y motor de 2.8 litros actualizado (M52B28TU) solo estuvo en producción entre el año 1999 y el 2000, momento en el que se pasó al bloque M52B30 de 3.0 litros.

Es todo lo que te esperas de un roadster puro con los genes de BMW: la dirección tiene un peso correcto y transmite, los recorridos del cambio son precisos y cortitos y, a pesar del excesivo peso del morro, la trasera está dispuesta a redondear las curvas si así se lo pides con el acelerador. La posición de conducción es muy muy baja y sobre tu cabeza, el romanticismo de la capota de lona. Además, es capaz de girar mas cabezas a su paso que muchos deportivos modernos. En fin, el encanto de los clásicos modernos o youngtimers.

Volviendo a la ruta en sí, discurre por el norte de la provincia palentina, entre Aguilar de Campóo y Piedrasluengas, justo antes de alcanzar la frontera con Cantabria. Parte del propio embalse de Aguilar y atraviesa localidades como Cervera de Pisuerga o San Salvador de Cantamuda hasta coronar el puerto de Piedrasluengas y dar media vuelta, a tiempo para comer en algún restaurante de la zona.


Pero si el itinerario puede convencer, la parrilla de salida y el ambiente previo enamora. Para la ocasión estaban dispuestos aparatos de todo pelaje, conducidos por aquellos que, como tú y yo, comparten esta visión del automóvil más allá del electrodoméstico que algunos pretenden imponer. La pasión y la actitud ante la vida de quien conduce un Porsche Boxster, un BMW Z4 coupé o un Mercedes C63 AMG, no se puede disimular y quizás sea lo que más sentido le dé a todo esto. Una vez intercambiadas todas estas impresiones y hechas las presentaciones, comenzamos.

En todos los eventos de RoadStr tengo ocasión de charlar con auténticos "gentlemen drivers" del s.XXI que me cuentan las historias de sus coches especiales.

Tramo 1: de Aguilar de Campoo a Cervera de Pisuerga

Partiendo de la misma presa del embalse nos dirigimos hacia Salinas de Pisuerga. Aquí se nos abren dos posibilidades: recorrer la PP-2132 con vistas al pantano o bien avanzar por la CL-626. Por las circunstancias climatológicas -de las que más tarde daré detalles- optamos por la segunda opción, que no desmerece en absoluto.


Una vez superada Salinas, continuamos por la CL-626, al tiempo que el Z3 ya se ha desperezado y me permite estirar un poco alguna marcha. Entre pueblo y pueblo llegamos a Cervera de Pisuerga, sintiendo la nieve cada vez más cerca.


La primera parada tiene lugar a escasos kilómetros de aquí, en Ruesga, aprovechando un aparcamiento cercano para tomar algunas fotos. Si bien esto supone un ligero desvío en la ruta natural hasta Piedrasluengas, recomiendo dar un pequeño rodeo por la PP-2106, subir hasta la presa de Cervera y volver por la P-210, dejando a la izquierda el Parador de Cervera de Pisuerga. El Parador es un remanso de tranquilidad entre las montañas y nunca me canso de ir.

El embalse de Cervera (o pantano de Ruesga) data de 1923 y es el primer embalse que construyó el Estado español en la cuenca del Duero. Su objetivo era mantener las aguas del Canal de Castilla.
El Parador de Cervera de Pisuerga, con vistas a la montaña palentina y a los pies del pantano de Ruesga es un enclave privilegiado para alojarse en la zona.

Tramo 2: de Cervera de Pisuerga a Piedrasluengas

Tras esto, encaramos la CL-627. Posiblemente, el mejor tramo de toda la ruta; asfalto casi perfecto, curvas cerradas y con buen peralte entre bosques de cuento. No os voy a mentir, anima a ir alegre disfrutando de cada metro y en verano es una delicia. Sin embargo, a finales de diciembre, húmedo y a 2°C, hay que andarse con cuidado y tener muy claro lo que se está haciendo, máxime sí dispones de tracción trasera y unas ruedas “blanditas”. Superados todos los virajes, a los pocos kilómetros se llega a vislumbrar el embalse de Requejada en otra postal maravillosa, sobre todo en época de deshielo.


A estas alturas, la nieve ya ha hecho acto de presencia y se acumula en los arcenes y la sal repica en los pasos de rueda, ayudando a crear esa atmósfera de conducción invernal que tanto nos gusta. Es así como atravesamos San Salvador de Cantamuda y afrontamos la subida final hasta el puerto. Las zonas de sombra y el brillo de la carretera en ciertos puntos hacen insinuar la trasera alguna que otra vez y sirven de recordatorio para levantar un poco el pie, así que es mejor hacer caso, bajar el ritmo y disfrutar del paisaje.


Las vistas desde el mirador de Piedrasluengas son igualmente impresionantes. Las últimas nevadas aderezan la experiencia dejándonos un horizonte manchado por ese blanco puro y es un sitio privilegiado para volver a sacar unas fotos. Sirva como consejo mirar la previsión meteorológica para no encontrarse fuertes rachas de viento que dejan una sensación térmica de varios grados bajo cero en invierno.


Jugar con un deportivo en invierno en estas condiciones requiere que tu sangre esté a la misma temperatura que el exterior, pero es tremendamente gratificante.

Aquí el frío, la nieve intermitente, el viento.., importa ya poco. Has entrado en íntima comunión con tu coche y, al igual que tú, los demás. Ni siquiera la mascarilla es capaz de esconderte la sonrisa que deja el placer de conducir. No creo que haga falta explicar mucho más. Como dijo Lope de Vega: “quien lo probó, lo sabe”.



Nos ponemos al volante de nuevo para comenzar la vuelta, haciendo una obligada parada en San Salvador de Cantamuda y calentarnos con algo de beber -porque en este punto, sinceramente, estábamos helados-. Ya solo quedan deshacer y saborear los últimos kilómetros de vuelta hacia Ruesga, donde nos esperan unas ricas carnes a la piedra para comentar la jugada. Pero esa, es otra historia…


El camino de vuelta es la perfecta excusa para tomar todas esas fantásticas curvas de nuevo y terminar de la mejor manera posible.

Tratar de emular a los gentlemen drivers de épocas pasadas que cruzaban pasos míticos de los Alpes con sus deportivos es, cuanto menos, pretencioso, pero el mero intento de conectar con ellos a través del aro del volante es nuestro buen sucedáneo. Espero que por un momento te hayas sentido tan afortunado como nosotros recorriendo estas carreteras.


¡Nos vemos sibarita!



Fotografías: Ignacio Álvarez (@igalvarez_cars)

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